martes, 15 de febrero de 2011

Tragedia

Comienza la escena final. El Rey Arcadio sentado en su trono contempla su tesoro.
Arcadio: ¡Ah soledad, divino tesoro! De todas mis riquezas, eres la única que no puedo contemplar. Ni zafiros ni perlas te igualan en belleza. ¡Y pensar que para obtenerte he sufrido tantas penurias, sentido tanta desdicha!
Arcadio levantándose de su trono, camina.
Arcadio: Los hados me hicieron partícipe de su juego, y me hicieron amante del oro y lo material. ¡Qué bendito castigo, el disfrutar como disfruto de tanto cuanto poseo!.
Arcadio, habla ante el público.
Arcadio: Y aun viviendo otra vida, volvería a hacer cuanto he hecho. ¿No me ha dado Dios manos para obtener y ojos para ser deslumbrados por lo hermoso? Una corona me concedió en mi condición de primogénito del monarca más poderoso del mundo conocido, y yo le he servido bien. Gobierno cual soberano déspota y tiránico, pues ése fue mi regalo de bienvenida a este mundo de mortales.
Alejandro entra en en escena, espada en mano. Sus ropas están ensangrentadas. Entra cansado, tranquilo, arrastrando la punta de su arma por el suelo.
Alejandro: En lo más profundo de la madriguera se esconde la loba. Astuta, traicionera aguarda la noche para adentrarse en los prados y cazar a las indefensas ovejas...
Arcadio(interrumpiendo): ¡Alejandro! ¿¡Qué hacéis aquí? ¡¡Os creía muerto!!
Alejandro(continuando): ...espera a que el pastor duerma, y ataca al rebaño, indefenso. ¿Veis algún parecido? Yo os lo diré: la loba sois vos matando a vuestro propio pueblo. Y aún más noble es la loba que ataca por hambre, y no por avaricia. Mata ella misma para dar de comer a sus crías, y vos mandáis a otros para que quiten la vida en vuestro nombre, arrancándoles ese vil metal.
Alejandro se acerca y amenaza a Arcadio con la espada.
Alejandro: ¡En garde, Rey de Reyes! Pues no he matado a toda vuestra guardia del castillo para solamente veros vomitar sangre. Pelead conmigo. ¡Desenvainad vuestra arma si aún existe el honor en vos!
Arcadio(desenfundando): Con mucho gusto acabaré el trabajo de mis sicarios ¡Ja! ¿Pues no mandé, acaso, anoche mismo que os asesinasen a vos y a vuestra familia? Vos érais el único capaz de derrocarme y robar aquello que es mío por derecho divino.
Alejandro, con rabia se lanza al ataque. Tras intercambiar un par de estocadas y fintas...
Arcadio(jadeando): ¿Qué ocurre Alejandro? ¿No teníais tanta rabia como para matar a mi guardia? ¿Os detenéis justo en el momento final? ¿Qué fue de aquel sentido de justicia que guiaba vuestros juegos de niño? Os creía mejor espadachín. ¿Tal vez sea la pena? No creo que alguien que fue tan valeroso e imbatible se haya convertido en un hombre débil y cobarde por una mujer y un par de niños. Se avergonzarían de vos si no estuviesen pudriéndose bajo tierra en estos momentos. Pero tranquilo, en breve podréis ir a reuniros con ellos, pues os daré muerte tan pronto como haya terminado de jugar con vos.
Alejandro se lanza de nuevo al ataque, esta vez más intensamente.
Alejandro: Tal vez muera, pero estoy seguro de que vos sucumbiréis por mi voluntad. La justicia quizás sea ciega, pero no lo es ni la venganza, ni el matrimonio ni el amor paternal. Y es que no solo soy yo quien maneja la espada: la empuñan todos los hombres que han muerto por orden vuestra. Y mi alegría será tal, que gritaré de júbilo aún estando muerto, tras ver vuestro corazón atravesado y derramando la vida por la herida mortal.
Arcadio se lanza al ataque. Tras un breve combate, hiere mortalmente a Alejandro. Éste se arrodilla, con una mano en el corazón. Mira su mano ensangrentada, y después mira a Arcadio.
Alejandro: ¡Maldito demonio! Ni tras haber quitado la vida a mi familia habéis podido darme el placer de llevar a cabo mi última voluntad.
Alejandro cae sobre una mano, levanta la cabeza para continuar mirando a Arcadio y continúa:
Alejandro(haciendo un esfuerzo por sonreír): Tal vez sea así mayor mi venganza.
Arcadio: ¿No sois capaz todavía de reconocer vuestra derrota? Morid ya. Callad, pues no habrá nada que podáis hacer o decir para vengaros.
Alejandro(débilmente): Mirad por la ventana...
Alejando cae muerto. Arcadio, extrañado, se acerca a la ventana y mira. Despacio, deja caer su arma. Se acerca a Alejandro.
Arcadio: Ahora lo comprendo todo.
Arcadio se sienta junto al cuerpo de Alejandro.
Arcadio: ¿Porqué no me dí cuenta antes? Tuviste que venir a morir en la sala del trono para hacerme entrar en razón. ¡En qué me he convertido! Hace unos breves instantes alababa a la soledad ¡En qué estaba pensando!
Arcadio cubre su cara con las manos, y comienza a llorar.
Arcadio: ¡¡NO!! Ahora que es demasiado tarde, es cuando me doy cuenta del alcance de mi destrucción. Mi avaricia ansiaba riquezas, mi mano ignoraba lo inmundo del asesinato. ¡Poder, porqué te deseé tanto! Lo único que me queda ahora es pena y desesperación.
Arcadio se pone en pie, y exclama ante el público:
Arcadio: ¡Alejandro! Alcanzaste tu venganza tras la muerte, pues hiciste que viera lo que he visto. Nadie. La avaricia, celos y desconfianza han hecho que fuera matando uno a uno a todo mi reino, y finalmente diste muerte a mi guardia personal. Ya no queda nada. Ni guardia, ni campesinos, ni artesanos ¡todos muertos! Soy el único hombre en pie de todo el reino.
Arcadio se gira, y mirando a Alejandro:
Arcadio: He matado incluso a mi propio hermano...
Arcadio mira durante unos instantes el cadáver de Alejandro, su hermano, sin decir nada. Por fin, saca un puñal de entre sus ropas y lo mira.
Arcadio: ¿Deseo realmente vivir en este mundo que he creado? He jugado a ser Dios, quitando la vida a mi antojo pero solamente Dios puede soportar su propia obra. ¿Qué voy a hacer ahora? Soy un Rey sin reino. Un ciudadano sin sociedad. Un hombre solo.
Arcadio(suspirando): Solamente mataré una vez más. Mataré para robar, y no robaré otra cosa que mi propia vida.
Arcadio clava el puñal en su pecho y cae muerto.
Baja el telón.
Comienzan los aplausos.

Se levanta de nuevo el telón, y salen los actores a saludar. El murmullo es ensordecedor. Los actores se cogen de las manos, y se inclinan hacia el público, recibiendo la ovación.
- ¡¡Bravo!!
- Ha sido una obra fantástica. Alejandro fue capaz de profetizar su propia venganza, y mató a Arcadio estando ya muerto.
- Sin duda ha sido de sus mejores interpretaciones.
- ¡¡Bravo!!
El público se pone en pie. El ruido de los aplausos se hace más fuerte.
- ¡Hijo de puta!
- ¿Has oído eso?
- ¡Cabrón!
Alguna gente del público se gira. Un hombre corre hacia el escenario.
- ¿A dónde va ese?
- ¿Qué hace? ¿Está loco?
El hombre se sube al escenario, y se lanza contra el actor que interpreta a Arcadio, y comienza a propinarle puñetazos.
- ¡Está pegándole! ¿Qué sucede?

Los aplausos poco a poco se van apagando, y empieza a oírse el grito de algunas mujeres. El hombre y el actor que interpreta a Arcadio forcejean. El resto de los actores intentan detener al hombre. Entre el forcejeo, el hombre saca una pistola.
- ¡Dios mío, tiene una pistola!
- ¡Ha sacado un arma!
Se oyen más gritos.

- ¡Cuidado con la señora, se ha desmayado! ¡Haced hueco, que respire!
La gente empieza a huir de la sala. Se oye un disparo. El actor que interpreta a Alejandro cae sin vida al escenario. Se oyen gritos de horror.
- ¡Todo el mundo quieto!
- ¡Ay dios mío, lo ha matado, lo ha matado!
- ¡Corre Ana, tenemos que salir de aquí!
- Me da algo, me da algo

Hombre: ¡Que todo el mundo se calle y se esté quieto, o me lío a tiros!
El ruido poco a poco se va apagando. La gente que aún queda en el teatro, comienza a sentarse. Se oyen lloros de niños.
Hombre: ¿Pero es que nadie iba a hacer nada? ¿No han visto lo que ha sucedido? Ese hombre de ahí ha exterminado a su propio pueblo. ¿Cómo ha hecho para seguir vivo?
- ¡Está loco! Pero si es una obra de teatr....
Hombre(apuntando a Arcadio con el arma): esto es de locos. ¡Delante de todo el mundo, y nadie ha hecho nada! ¡Se han puesto a aplaudir! Era lo que te faltaba, gilipollas. Me has hecho matar a Alejandro, el pobre. ¡Por tu culpa! ¡Tú deberías de haber muerto!
Arcadio: Hey, amigo, cálmate... esto es solamente una obra de teatro. Somos actores, interpretamos una obra del siglo XVI.. ni siquiera me llamo Arcadio...
Hombre: ¡Calla! Vas a ponerte de rodillas, y vas a pedir perdón. Vas a suplicar por tu vida, y el público decidirá tu destino.
El hombre pega con la pistola en la cabeza del Rey Arcadio, y le obliga a arrodillarse.
Arcadio(dolorido, y muerto de miedo): yo... lo siento...
Hombre: ¡Más alto! ¡Nadie te ha oído!
Arcadio(gritando): ¡Lo siento! ¡Lo siento de verdad! ¡Soy un inhumano!
Hombre: Eso está mejor. Está bien, está bien. Público, ¿qué hacemos? ¿Merece la muerte?
- ¡No! ¡No! ¡Déjale vivir!
- ¡Perdónale la vida, hombre de dios!
- ¡Loco, pégate un tiro, y mátate tú!

Hombre: ¿Habéis oído? El pueblo ha decidido.
El hombre apunta a la sien de Arcadio. Arcadio cierra los ojos, y aprieta los dientes. Lágrimas corren por sus mejillas. Se oye un estruendo, y el cuerpo del hombre cae al suelo. Arcadio y el resto de los actores huyen para ponerse a salvo. Entra la policía en tropel a la sala. En lo alto del palco se ve a un francotirador, todavía apuntando al cuerpo inerte del hombre.

La función ha terminado.



miércoles, 26 de enero de 2011

Luces y Sombras

Me prometí a mí mismo que jamás contaría lo sucedido durante aquella noche. Sin embargo, no he podido evitar al menos escribirlo, pues no se me ocurre otra forma de aliviar mi alma sin quebrar mi palabra. Todos hemos cometido un error del cual nos arrepentimos, y ante la pregunta de si pudieses cambiar una sola cosa en toda tu vida, ¿qué cambiarías? yo respondo que esta historia es lo único que yo cambiaría de la mía. De nada más me arrepiento. Tal vez consiga perdonarme a mí mismo algún día, pero si en verdad existe algún dios todopoderoso ahí arriba, bien sabe que jamás me libraré de la eterna condena. Me acompañará este tormento llamado culpa durante la mayor parte de mi vida, y durante toda mi muerte.

Tras leer lo que me dispongo a narrar, puede que pienses que he perdido la razón o que todo es producto de mi imaginación, pero puedo asegurar que todo es verídico, y que si he alterado algún detalle ha sido de forma inintencionada.

Si el mundo debiera acabar con una tormenta, bien podría ser comparable a la de aquella noche. Relámpagos que rasgaban el negro manto de la noche con furia. Colmillos de luz blanquecina y púrpura que se clavaban sobre la oscuridad, rasgándola con dolor mientras su cómplice, el trueno, ensordecía a la impasible Luna. Tal era el escenario, que aún desde el Parking donde ocurrió mi desdicha, podía oírse el repiqueteo de la lluvia golpear contra el techo.
El centro comercial donde acostumbraba a realizar mis compras estaba a punto de cerrar, por lo que me dirigía con presteza hacia mi coche. No oí ningún ruido mas allá del espectáculo atmosférico, y no quedaban mas que tres o cuatro coches en aquel triste Parking. Algunas luces se habían apagado ya, invitando a los rezagados clientes a marcharse. Cualquier otra noche me hubiese parecido algo normal, pero no ese día. El juego de luces y sombras de aquel solitario lugar, obligaban a imaginar las más tenebrosas de las visiones.

Mis pasos resonaban en aquella escena como en una profunda caverna, confundiéndose con el leve murmullo de la tormenta. Daba la impresión de que algo innombrable estaría al final de aquella gruta, esperando a aquellos incautos que se adentraran a resguardarse del frío y el agua. Por fin, en el más lúgubre de los rincones descansaba mi viejo vehículo. Negro y desconchado, el viejo coche de mi difunto padre aguardaba pacientemente mi regreso. Tras guardar mis escasas compras y meterme en su interior, arranqué el motor, provocando que el coche diese un violento golpe hacia adelante: había dejado la primera marcha puesta y el coche había salido disparado hacia adelante, golpeando contra pared. Quité el contacto, y me acerqué a comprobar si había algún desperfecto.

Cual fue mi terrible sorpresa, cuando vi una inesperada sombra que yacía bajo mi coche. Aguanté la respiración durante unos breves instantes, expectante sobre la procedencia de aquella oscuridad. Temí haber aplastado un gato que durmiese en aquel sombrío aparcamiento, pero lo que allí había, no era otra cosa que un hombre.

Como un un árbol derribado reposaba aquel cuerpo sobre el frío y desgastado suelo verdecino. Cualquiera que hubiese estado allí, impresionado como yo lo estaba, hubiese gritado horrorizado ante semejante espectáculo. Yo, sin embargo, permanecí quieto observando, petrificado por el miedo. Aquel hombre no realizaba movimiento alguno, como un muñeco de trapo con increíble apariencia humana. Me temí lo peor.
Me fijé en sus ropas, harapientas y sucias, que abrigaban a un hombre delgado y viejo. Las manos, estaban tensas, como si hubiesen intentado apretar un objeto invisible, tratando de soportar mejor el dolor. Su rostro, pintado de sangre, tenía una desaliñada barba blancuzca manchada con algunas motas marrones en bigote y perilla que se resistían a las canas. Por su malsana apariencia, me hubiese atrevido a aventurar que era un pobre desdichado que vivía en las calles, un buscador de limosna. Era una mala noche para dormir a la intemperie, y por fortuna habría conseguido entrar en el Parking para pernoctar.

- ¡Oiga! - grité. Mas aunque esperé algunos instantes en busca de respuesta, solo obtuve silencio.
- ¡Oiga! - repetí más fuerte todavía - ¿Se encuentra usted bien?

Ningún sonido o ruido respondió a mi pregunta. Solo sangre y babas que emergían lentamente de su desdentada boca como una tapa de alcantarilla inundada. Me acuclillé acercándome a su rostro, y por fin pude oír algún murmullo: ligeros jadeos y una respiración entrecortada. Estaba vivo. Me incorporé de un salto, y por puro instinto, me metí de nuevo en mi coche, aterrado. Debía socorrer a aquel hombre, y lo hubiese hecho si en aquellos momentos hubiese sido dueño de mis actos, pero el miedo nublaba mi mente, dictándome que debía huir de aquel Parking maldito. Mis manos temblaban tratando de buscar la llave que arrancara el arma homicida, pues sabían que su deber era el de auxiliar a aquel desgraciado hombre. Estaba sudando, y mi mente trataba de gobernar a su propio cuerpo para que no huyese. De repente, las luces del Parking comenzaron a apagarse una a una hasta llegar a la completa oscuridad, la más pura y abominable oscuridad.

Jadeos. Lo único que podía percibir era mi agitada respiración, que ahora era tan violenta que incluso podía notar como el aire rasgaba mis pulmones. Cada aspiración inundaba mi pecho milímetro a milímetro, llenándolo de frío oxígeno. Diminutas partículas de polvo y suciedad, mezclada con los residuos propios de los automóviles se iban depositando en mis fosas nasales. Y cuán irónico es el cuerpo humano, que ante esta situación, mi mente se serenaba y volvía a gobernar a mis cobardes manos. Por fin pude hacer lo correcto, y corté los hilos de la desesperación que enmarañaban mis actos. Encendí la luz interior del coche en busca de mi teléfono móvil. Mientras buscaba con aquella tenue luz por testigo, el arrepentimiento y la culpa emergían a la superficie. En ningún momento hube tenido intención de huir, me dije, pues no era yo mismo. Nunca antes me había enfrentado a un hombre en tan lamentable estado, y menos en aquella situación tan tenebrosa. Ahora que soy propietario de mí mismo, podré llamar a la ambulancia que socorra a aquel pobre hombre, y que nos saque de aquí, solo debía llamar al ciento doce. Uno... mis dedos temblaban.... uno.... tres. Mis manos no respondían, y erraban su misión de marcar los números correctos. Borrar... uno... uno... dos ¡Ya está llamando! Por fin nos libraremos de este palacio de terror. Pero no llegó a sonar el segundo tono cuando colgué. ¿Qué iba a contarles? ¿Que me encontraba en un centro comercial cerrado con un hombre moribundo bajo mis ruedas? Aquel hombre estaba medio muerto ya, y seguro que no podrían hacer nada por él. ¿O sí? ¡Maldito y miserable miedo! No me dejaba actuar como un ser humano respetable. Volví a marcar. Uno.... uno... dos. Primer tono.... segundo tono..... nada.... no dio un tercer tono. Sorprendido, miré la pantalla de mi teléfono: estaba apagada. Entonces, no se si comencé a reír o a llorar, pues adiviné que no tenía batería. Me maldije a mí mismo mil veces. ¡Estamos aquí por tu culpa! Me he quedado encerrado en el Parking, a oscuras, y con un hombre a punto de morir bajo los neumáticos de mi vehículo gracias a mi propia dejadez y pereza.

Miré a mi alrededor, y solamente podía alcanzar a ver unos pocos metros del exterior del coche. Las entonces majestuosas columnas proyectaban su sombra alargada hacia la oscuridad, agarrándose al suelo en un vano intento por permanecer en zona segura. Más allá de la luz, nada sabía.

La lluvia comenzó a golpear más fuerte.

Encendí los faros del turismo, y me bajé a ver a mi víctima y verdugo. Ya ni siquiera respiraba. Había matado a aquel pobre hombre. Me sentía sucio, avergonzado. ¿Qué había hecho? ¡Maldita sea yo, y mi cobardía! Nunca pensé que podría sufrir tanto miedo como sentía gracias a mi propia ausencia de valentía. Sentía como un grave tumor en la garganta que me producía arcadas. Mi pecho, estaba siendo martilleado por el terrible corazón, pues cada latido era como el martillo de un terrible juez que impone severas condenas, recordándome la muerte del indigente. Me senté a su lado, en un vano intento de que mi tardío sentido del honor venciese sobre mi probada falta de agallas. Crucé las piernas, y apoyé mis codos sobre ellas. Mi rostro, descansaba sobre mis manos. ¿Cómo voy a salir de esta? Repasé todo lo ocurrido en aquella funesta noche mentalmente, tratando de descubrir el porqué. ¿Porqué tuvo que sucederme esto justo a mí? Hay tantas y tantas personas en este mundo, y los hados del destino me señalaron con el dedo. Me sentía como cayendo en un pozo, poco a poco. Todo dándome vueltas, viendo como el borde se iba alejando más y más de mí. Veía el cielo nublado y pálido alejarse. Cayendo, notando como una suave brisa del aire que dejaba escapar rozaba mis cabellos, llevándose la salvación y esperanza más y más lejos. Levanté la vista, y volví mi cabeza hacia el cadáver. ¿Qué voy a hacer? Ya no sabía que pensar. Por un lado, era la fuente de mi terror, y por otra, mi fiel compañero ante aquella broma tan pesada.

Comencé a hiperventilar. Lo poco que podía ver del Parking comenzaba a distorsionarse por mi exceso de oxígeno. Hormigueos en la puntas de los dedos, como si millones de insectos desfilasen por ellas. Notaba millones de agujas que iban pinchando mis manos, mis antebrazos, como si estuviesen dormidos. Me puse más nervioso todavía, y no hacía más que empeorar la situación. El pánico estaba empezando a vencer la batalla. El miedo y la desesperación habían conseguido amedrentarme, y ya apenas podía pensar con claridad. Mareos. Veía como las columnas se acercaban y alejaban. Las paredes empezaban a mostrar bultos y depresiones. Intenté ponerme en pie, pero mis piernas juzgaron aquella empresa por imposible y caí de nuevo al suelo. El solo pensamiento de que aquel cadavérico señor pudiese vengarse de mí en forma de espíritu me aterraba. Comencé a ver su efigie por todo mi alrededor, en una vorágine de locura. Sacudí la cabeza violentamente, tratando de serenarme, pues siempre fui un hombre de razón y sabía que los fantasmas eran invento del hombre, y que aparecían en las novelas para deleitar a los lectores.

- "Todo lo que temo es producto de mi imaginación, nada más. Aquel hombre está muerto, y no efectuará ningún movimiento, ya sea en cuerpo o alma. Solo debo serenarme y pensar de forma lógica. En cuanto consiga calmarme un poco, retiraré el cuerpo, y trataré de buscar la salida conduciendo. Una vez encuentre la forma de ponerme a salvo, llamaré a urgencias para que ayuden a ese pobre miserable."

No sé cuanto tiempo transcurriría puesto que usaba mi teléfono como reloj, pero juraría que por lo menos tres cuartos de hora, quizás más. Lentamente, fui a abrir la puerta del coche. Lentamente, y tratando de hacer el menor ruido posible, abrí la puerta. Sabía que no tenía nada que temer, que no iba a haber demonios en la oscuridad, podía hacer todo el ruido que deseara, pero siempre hay un "por si acaso". No creo en los fantasmas, pero "por si acaso"... Mi razón era débil ya, y temía a la locura.
Me senté en el asiento del conductor, y giré la llave. Se apagaron ligeramente las luces mientras el motor trataba de arrancar. Estaba tardando más de la cuenta. Y en cuanto dejé de hacer fuerza con la muñeca, el motor se calló, llevándose consigo mi única fuente de luz. Me eché hacia atrás, relajando mi espalda contra el respaldo. No debí arrancar el motor con las luces puestas, y menos después de llevar tanto tiempo encendidas.

A tientas, intenté abrir la guantera, donde por fortuna guardo siempre una linterna para las emergencias. Retiré la documentación, una bobina de CDs, un viejo trapo.... y por fin palpé algo que podría ser una linterna. Clic. La salvación iluminó mi rostro hasta casi cegarme. No pude verme, pero estoy seguro de que aquella fue una de mis mejores sonrisas.

Envalentonado, salí del coche. Tenía en mis manos una pequeña última fuente de luz. Esta vez no la desaprovecharía. Caminaría hacia mi libertad. Con esta pequeña victoria, comencé a caminar hacia donde recordaba que estaba la salida. Paso a paso, entre la jungla de sombras y oscuridad anduve como alma en pena, mirando temeroso cada sombra esperando ver el rostro de mi muerto. Mi linterna era mi guía, iluminando con cada paso una pequeña porción de mi prisión, y por otro lado, haciendo desaparecer allá por donde ya había pasado. Las sombras de las columnas iban moviéndose como huyendo de mí, repelidas por su némesis de la cual yo era portador. Luz.

Algo pasó rápidamente a lo lejos. Casi se me cayó la linterna. Ruidos a mi derecha. Volví a hiperventilar. ¿Qué había sido aquello? Ruidos a mi alrededor, semejantes a golpes de viento que retumban en los oídos. ¡No es posible, los hombres no caminan después de muertos! Dí un paso hacia atrás, amedrentado. Pasos, voces. No sabía que era. El pánico volvía a descuartizar mis sentidos, y obligó a mis piernas a correr hacia mi coche. Abrí el maletero, buscando algo que pudiera servirme de arma. Una rueda, una garrafa de gasolina.... La linterna volvió a tratar de escaparse de mis manos, cayendo dentro del maletero. Mi viejo bate de béisbol apareció iluminado como una joya expuesta en un museo. Lo cogí rápidamente, junto con mi linterna. Asustado, dí media vuelta y volví de nuevo al camino, dispuesto a vender cara mi vida. ¿Qué había sido aquello? ¿Tal vez fuese mi desafortunado homicidio que por algún maleficio buscara venganza? No podía ser. Volví a oír el ruido. Se estaba acercando.

- A....

Golpeé la fuente de mi terror con portentosa e impía fuerza. El bate describió un semicírculo, recorriendo todo el camino desde el frente hasta mi espalda, fuente de aquel ruido. Aquello cayó al suelo, desmoronándose como un castillo de arena, inerte, mas yo continué golpeando a aquel demonio, con una furia inhumana alimentada por mi más terrible miedo y barbarie. Cerré los ojos mientras daba más y más golpes. Levantando el palo por encima de mi cabeza lo bajaba violentamente mientras exhalaba por el esfuerzo. El tiempo comenzó a ralentizarse, era como si aquella dantesca escena hubiese sido rodada a cámara lenta. Lágrimas saltaban de mis ojos. Miedo, ira, duda. Otro impacto. Mis latidos iban más y más despacio. Mis manos notaban la aspereza del arma, arañando ligeramente mis manos, y con cada golpe, transmitían el dolor a mis dedos. Podía notar el crujir y astillar de los huesos de mi víctima con cada golpe. Notaba como se iban desgastando hasta finalmente ceder, y rompiéndose en un millar de astillas sucumbían ante mi victoria. Me había convertido en una bestia, y no me detuve en mi afán de golpes hasta que no me hube agotado.

Al rato, abrí los ojos para descubrir que aquello que yacía ante mis pies vencido, no era ningún monstruo o demonio. Mi mente estaba recordando. Una voz. Había golpeado una voz que me decía "alto", pero mi enajenada mente no había sido capaz de procesar tan simple vocablo. Había estado oyendo pasos y voces, estas últimas distorsionadas como por una radio. Aquello que había matado, no era mi ya muerto compañero, sino que era un pobre y desgraciado vigilante de seguridad, que alertado por mis ruidos y luz, había acudido con cautela a mi encuentro. ¡Diablo! ¡Con tu ausencia de aviso y mi endeble cordura has hecho de mí tu asesino! Miré al cuerpo carente de vida. Sus ojos se clavaban en mi linterna, como buscando una última explicación para su última pregunta: ¿Por qué?. La sangre invadía su desfigurado rostro, empapando también su uniforme. Su cráneo y esternón estaban hundidos y le arrancaban la poca apariencia humana que aún le quedaba. Dejé caer el arma criminal, y me dejé caer sobre mis rodillas, ahogado por mi angustiado llanto mientras los truenos y relámpagos reían mi desgracia.

Reuní valor y fuerzas, y decidí arrastrar a aquella víctima hacia mi coche. Lo guardaría en el maletero de mi coche, y decidiría más tarde qué hacer. Veinte interminables metros recorrí estirando de las piernas del cuerpo hasta llegar a mi coche. Cada paso retumbaba en aquel lugar, y los ecos me devolvían culpabilidad y condena, añadiéndose a mi recuento de delitos. Abrí el maletero, e introduje el cadáver junto con el arma que le hubo quitado la vida. Lo cerré causando un gran estruendo, y caminé hacia la puerta de mi vehículo. Mientras lo hacía, y tras no ver aquello que debería de haber visto, me puse tan blanco que cualquiera hubiese pensado que yo mismo había muerto. Tal fue mi espanto cuando descubrí que el cuerpo del mendigo no se encontraba ya bajo las ruedas del coche. Fue el único grito que rompió el Vals de la tormenta aquella noche. Apoyándome sobre el coche, y tropezando con mis propios pies, a duras penas conseguí llegar hasta sentarme en un asiento antes de desmayarme.

Desperté con la apertura del centro comercial, y de forma automatizada, arranqué el motor del coche, que esta vez sí arrancó. Lentamente, y con la mirada perdida, salí del Parking como si nada hubiese pasado. El cielo aún estaba nublado y llovía. No podría jurar que la tormenta hubiese acabado, pues en aquellos momentos no miraba al cielo ni oí trueno alguno. No sentía nada, no pensaba en nada. Era como si mi alma y raciocinio hubiesen quedado en aquel maldito lugar. Continué conduciendo por la ciudad, hasta que las montañas y prados fueron mi paisaje.

Llegué a un abandonado camino donde detuve el coche, y tiré el cadáver en una cuneta. Fue entonces, cuando mi mente volvió a funcionar. Noté por primera vez las gotas de lluvia golpear mis mejillas, y mis ojos se maravillaban ante un relámpago. Comencé a notar frío, a notar mis ropas mojadas. Los pensamientos empezaban a rebosar mi cerebro como una presa con demasiada agua. El mendigo no había muerto, eso estaba claro, y solo debía de estar malherido. Tras reunir las fuerzas suficientes, se habría arrastrado hasta salir de allí, y se había marchado. Mi mente y mi razón habían sido destruidas sin razón alguna, y mi cuerpo, que ya era capaz de gobernarlo, había condenado mi alma con aquel asesinato inútil. Nada. No había una sola razón que pudiese explicar mis actos. No después de descubrir que aquel pordiosero estaba vivo.

Han pasado dos meses desde aquel fatídico incidente, y a pesar de que he conseguido dormir por puro agotamiento, apenas he descansado. No he recibido noticias de la policía, ni de ninguna otra persona, por lo que he de suponer que o bien desconocen mi identidad, o que no han encontrado el cuerpo yaciendo en la cuneta. Sobre el mendigo, ignoro su suerte, pero intuyo que tampoco ha acudido a las autoridades. Sin embargo, mi encarcelamiento es el causado por mi propia culpa y arrepentimiento, y no necesito denuncia alguna. Mis propios pensamientos me torturarán royendo mi mente, y los muertos aparecerán en mis sueños, pues eso vienen haciendo desde entonces. ¿Qué haré? Ni siquiera sé si algún día confesaré mi terrible crimen, pero al menos estas toscas palabras escritas espero que puedan ayudarme a soportar mi penitencia.

Que dios se apiade de mi alma.

martes, 21 de diciembre de 2010

El gato que cantaba a la luna

Érase una vez, un gato callejero que amaba a la luna por encima de todo. Todas las noches subía al edificio más alto de la ciudad para mirarla. Había noches en las que incluso se atrevía a cantarle románticas serenatas, valses y arias. Sus maullidos, lejos de molestar a los vecinos, hacían que se asomasen a sus ventanas con increíble curiosidad.

-¡Vaya con el gatito! Otra vez está cantándole a la luna. Seguro que un día, la tiene a sus pies. - decían algunos.

Y nuestro pequeño Romeo, que les veía por el rabillo del ojo, sonreía animado.

Una buena noche el gato subió a buscar a su amada, como cada noche desde hacía años, pero la luna se retrasaba como si fuese una segunda cita. El gatito se tumbó, apoyando la cabecita en sus patas delanteras, y se puso a esperar. Mientras lo hacía, vió algo extraño a lo lejos: algo brillaba intensamente abajo, en la acera. Agudizó su mirada, y se dió cuenta de que era su luna quien brillaba, bajo el brazo de una extraña criatura. Era un pequeño trasgo, como el de los cuentos de hadas, que corría dando pequeños brincos llevándose a la reina del cielo nocturno.

-¡Alguien ha raptado a la luna! - exclamó el gato asustado.

En cuatro saltos bajó del edificio y arrinconó al pequeño diablillo en el fondo de un tortuoso callejón. Estaba lleno de basura: latas, cartones, comida sobrante y unas plumas blancas. ¿De qué serían aquellas extrañas plumas?
Nuestro intrépido amiguito no tenía tiempo para distracciones, pues veía como el trasgo intentaba escapar entre la basura. Vió como apartaba un par de cubos, y aparecía ante él una vieja lavadora rota. El trasgo entró en ella, y con un fogonazo de luz azul, desapareció. ¡Así, sin más.!

-¿A dónde habrá ido? - pensaba el gato mientras olisqueaba aquel destartalado electrodoméstico.

Se asomó a su interior con curiosidad, pero allí no había nadie. Poco después, tras haber entrado casi sin darse cuenta... ¡Puf! Apareció cayendo por un remolino azul y morado. Caía y caía, todo dándole vueltas a su alrededor.

-¡Miau! - exclamó el gato asustado - ¿Dónde estoy?¿Qué es esto?

Y seguía cayendo. A medida que descendía, vió un montón de estrambóticos e inverosímiles objetos: relojes, notas musicales, ojos... todo girando a su alrededor. Nuestro protagonista, tan mareado estaba, que no pudo hacer otra cosa que cerrar los ojos hasta que todo hubiese pasado.

Cuando los volvió a abrir, se dió cuenta de que ya no estaba en aquel demente torbellino, sino que se encontraba en un lugar maravilloso. Grandes praderas verdes se extendían a sus pies, como una caliente y mullida manta. Amapolas a punto de desbordarse de sus colinas al norte. Un río al este precedía a una cascada de agua azul y cristalina, con meandros rebosantes de vida. Girándose al Sur, vió un cartel en el que rezaba:

"Bienvenido al Reino de la Fantasía".

El asombro duró poco, pues correteando a lo lejos, el trasgo se escabullía en un bosque que había al Oeste.

-¡Tú, ladrón! ¿Qué haces con mi luna? - gritó el gato mientras le perseguía.

El trasgo no contestó. Reía y reía sin parar de correr. Al poco, los árboles del bosque ocultaron a aquel lunático cleptómano, dando esquinazo a nuestro protagonista. Las risas se oyeron un poco más, apagándose poco a poco. El gato miró a su alrededor, y con miedo, se dió cuenta de que se había perdido.
Veía árboles por todas partes, y no recordaba por donde había llegado. Preocupado, maulló lastimosamente, hasta que una voz le contestó:

-¿Qué hace que maulles con tanta tristeza, gato?
- ¿Quién eres? ¿Dónde estás? ¡No te veo! - contestó el gato mientras intentaba descubrir de donde procedía la voz.
- Soy el árbol que hay a tu derecha - dijo una delgada higuera que se encontraba a su lado.
- Un trasgo ha robado a mi luna, y siguiéndole he acabado en un lugar muy extraño. Estoy perdido, cansado, y no he conseguido recuperar a mi amada - sollozaba el gatito entre lágrimas.
- ¿Tu luna? - exclamó extrañada la higuera - ¿Desde cuando una luna puede pertenecerte?
- Bueno, Señora Higuera, en realidad no es mía, mas bien soy yo el que es suyo. Mi corazón le pertenece, y no sabría qué hacer durante el resto de mis noches si no pudiese cantarle.
- Ahá. Qué extraño eres, gato - dijo el árbol parlante sin comprender muy bien.
- ¿Has visto por dónde ha ido?
- Continúa por ese camino - dijo el árbol señalando con su rama.

El gato caminó durante un rato, hasta que vió una casa vieja que se caía a pedazos. Miró en su interior, y vió al trasgo sentado a la mesa, con sus hijos y su mujer. Los niños trasgo estaban en los huesos. Tenían hambre.
-Querida familia, estamos pasando una mala época en el Reino de la Fantasía. El paro aumenta cada día, y no veo ninguna posibilidad de encontrar trabajo. Desde que perdí mi empleo en la guarida de la bruja por el recorte de personal, hemos tenido que apretarnos el cinturón. Los espíritus políticos se insultan los unos a los otros en lugar de solucionar los problemas, y las huelgas de controladores de trolls no ayudan mucho. Además, los vertidos tóxicos de las hadas y la consiguientes pérdidas de cosechas han hecho subir el precio de las setas... pero bueno, ¡he encontrado una solución! Como bien recordareis, hace algunos días encontré una planta de arroz mágico. Cuando crece, es capaz de dar tanto arroz, que daría de comer a todo el Reino para siempre.
- Pero cariño - interrumpió la mujer trasgo - esas plantas mágicas solo crecen gracias a la luz de la luna. Jamás crecerán en un reino sin luna.
- Claro que lo sé tesoro. Por eso, en uno de mis paseos por el mundo real he estado buscando una. Y cual fue mi sorpresa, cuando ví una... ¡abandonada y tirada en el cielo! Esa es la razón por la que la he recogido, para darle un buen uso. ¡Por fín se acabará el hambre!

El gato no daba crédito a sus oídos. Nunca hubiese pensado que aquel trasgo y su familia, criaturas de fantasía, pudiesen tener aquellos problemas. Ya no tenía tan claro si quería recuperar a su amada, al menos bajo aquellas condiciones. En su poder estaba el decidir si acabar con el hambre de aquel reino, o devolver a su querida al lugar que le corresponde, y cantarle todas las noches. Elegir entre la solidaridad desinteresada hacia un mundo desconocido para él, o el egoísmo personal.

Mientras pensaba, la familia continuaba hablando en el interior de la casa, y al llegar la noche, el gato comenzó a afilarse las uñas.





lunes, 13 de diciembre de 2010

El extraño caso del Ángel

El reloj marcaba medianoche mientras la luna se paseaba por los cielos como una gata en celo. La lluvia golpeaba el suelo con desgana. Era fría y fina, mojaba la cara, pero no empapaba la ropa. A pesar de que no había viento, notaba como bofetadas de olor a podrido golpeaban mi nariz. No era la basura del callejón: era esta jodida ciudad.

Sangre, vicio y corrupción estaban escritos en las paredes de toda la urbe, congestionando una atmósfera ya de por sí cargada. De las alcantarillas emergía un vapor blanquecino que ocultaba el fondo de los callejones y me impedía ver como los cubos de basura digerían la mugre. No pude evitar acordarme de mi segunda ex-mujer, pero eso es otra historia.

Aquella noche de finales de otoño iba hacia donde Jimmy el soplón acostumbraba a dejarse ver los miércoles por la noche. Y es que todos tenemos nuestros vicios: a mí me encanta intentar dejar de fumar, y a Jimmy le vuelven loco las putas. Me acordé entonces de mis queridos enemigos los cigarrillos, y decidí dejarme caer en la maldición de meterme uno en la boca. No tenía ganas de fumar, pero para mí era como ponerme zapatos al salir de casa. Sí, lo sé, soy un animal de costumbres.

Llamé a la puerta de aquel tugurio con olor a cerveza y orina. Un hombre con camiseta de tirantes me abrió la puerta. Me miró de arriba a abajo mientras jugaba con un mondadientes en los labios. Fruncía el ceño, esforzándose en decidir si me dejaba pasar o no.

- Tranquilo Bob, le conozco.- dijo Jimmy.

Bob hizo un gesto con la mano, invitándome a entrar. Así lo hice. Bob miró a ambos lados del callejón, cerró la puerta y con un gruñido y fue a sentarse a su polvoriento sillón de todas las noches. Vi a Jimmy sentado en el sofá de enfrente, abrazado a dos prostitutas que bien podrían ser sus hijas.

- Tu dirás John, ¿cómo puedo ayudarte hoy? - me preguntó.

- Estoy buscando información sobre la serie de asesinatos del Ángel – dije mientras tiraba mi consumido cigarrillo al suelo. Total, una colilla más en aquel suelo no se iba a notar. Lo apagué pisándolo con la punta de mi zapato mientras Jimmy parecía calcular un precio.

- Lo conozco, lo conozco... pero.... hablemos antes de pasta, que estas preciosidades no se van a pagar solas – dijo Jimmy mientras acariciaba a la chica de su izquierda. - te contaré todo lo que sé por diez dólares.

- Te daré cinco, y si me gusta, iré subiendo hasta los diez. Hoy me siento generoso.

- Está bien. No te arrepentirás. Como bien sabrás por la prensa, algún pirado o héroe ha estado tomándose la justicia por su mano, y cuatro de los cinco capos de la ciudad han caído como ratas. Sammy-Boy abatido a tiros en su coche. A Jack del distrito Oeste, se lo encontraron ahogado bajo el puente del Polígono Sur. Thomas el Loco acuchillado en su cama, y Charlie Manos Blandas con un tiro en la sien a tres manzanas de aquí.

- Cuéntame algo que no sepa, Jimmy.

- Está bien, está bien. Como sabes, Bill es el único que queda vivo. Dicen que está acojonado y que no sale de casa. Tiene a todos sus hombres montando guardia en la puerta y no le dejan solo ni para ir a mear. Pero... tiene un secreto, y esto te va a gustar...

Jimmy se tomó un par de segundos para continuar. Estaba relamiendo su momento de gloria. Todos los soplones son iguales. Cogió aire y continuó:

- Todos los miércoles va a ver a un chapero a dos manzanas de aquí. Lógicamente va solo, pues como sus hombres se enterasen de que es un marica, le harían durar menos que un gramo de heroína en este prostíbulo. ¿Verdad que sí, chicas?

- Entiendo. ¿Y cómo has hecho tu para enterarte de algo aque ni sus propios hombres saben?

- Johnny, Johnny, Johnny. ¿Cuántas veces te he dicho que yo no revelo mis fuentes? Solo te diré, que las prostitutas no me gustan solamente por el sexo.

Le dí los diez dólares. Se los había ganado. Salí corriendo de aquel antro en busca de Bill. Era miércoles por la noche, y estoy seguro de que el Ángel conocía el secreto del capo. Mientras me dirigía hacia allí, repasé los elementos comunes de los asesinatos: en todos aparecía escrito en la pared más cercana la palabra “Ángel”. Las muñecas de las víctimas, estaban marcadas por un corte hecho con cuchilla de afeitar, de donde extraía la sangre para sentenciar su firma sobre los murales. Probablemente, las víctimas estuvieran vivas mientras el asesino dejaba su marca en la pared. Ninguna otra pista más. Miento, siempre dejaba unas cuantas plumas por la zona del crimen. Todo un fetichista.

Voces. Escuché voces que provenían del callejón paralelo. Era la voz de Bill. Saqué mi revólver Smith & Wesson 629 y corrí hacia allí. Proyectado sobre la pared, aparecían dos sombras. Dos hombres con gabardina y sombrero parecían discutir acaloradamente. Las siluetas eran enormes, por lo que la fuente de luz debía de provenir de abajo. La silueta del hombre de la izquierda se abalanzó sobre el otro, pero antes de que pudiese rozarle, el de la derecha sacó una pistola, y la disparó sobre el pecho de su contrincante, el cual empezó a retorcerse de dolor. Los brazos, intentaban abrazar al aire, mientras que sus dedos, encogidos como formando unas garras, parecían clavarse en el alma que se le escapaba. Se oyeron más y más disparos. El asesino se estaba ensañando con el cadaver de Bill. Cuando conseguí llegar, el asesino se había quedado sin balas.

- ¡Alto! - Exclamé al hombre. Si lo capturaba vivo, supondría el resurgir de mi maltrecha carrera como detective privado.

- Justo a tiempo, John, justo a tiempo – dijo el asesino.

Aquel hombre me conocía. No podía reconocerle, pues le veía a contraluz, con el resplandor de los focos de un coche a su espalda.

- ¿Quién eres? - grité

- John, quién soy importa poco. Lo realmente importante aquí, es que voy a darte una elección...

- ¡Manos en la cabeza, y tírate al suelo o disparo! - exclamé sin dejarle continuar

El hombre continuó hablando haciendo caso omiso de mi amenaza.

- Voy a darte una elección. Como bien sabes, he limpiado la ciudad de todos los capos. A partir de ahora, se acabará la corrupción, la violencia, drogas, vicio etc... Será una ciudad limpia. Solo queda algo: resolver el misterio de quién es el asesino. Voy a darte a elegir: puedes pegarme un tiro, y quedarás como el detective privado que resolvió el caso más importante de los últimos veinte años. Te cubrirás de gloria. Serás famoso.

- ¿Y cual es la otra opción?

- La otra opción, es que te vueles tú mismo los sesos. Yo dejaré dispuestas las pruebas que apunten hacia que tú eras el asesino. Así, morirás como el héroe que acabó con el pecado en la ciudad.

- Estás loco. Aunque lo hiciera... ¿cómo podría fiarme de tu palabra?

El asesino levantó su gabardina, e hizo un ademán de sacar un arma. No lo dudé, y disparé mi arma. Cuando me acerqué a ver al cadáver, vi a aquel hombre sonriendo.

- Ya has hecho tu elección – dijo el asesino.

Tenía algo en la espalda. Plumas blancas como las encontradas en las escenas de los crímenes. Suaves, blancas, luminosas. Eran unas alas de ángel. Meciéndose con el vaivén del viento, pensé que aquello era lo más bello que había visto en mi vida. Poco a poco, éstas fueron desapareciendo. Su cara comenzó a desfigurarse, hasta tomar la forma de un ser completamente desconocido.

- Mierda.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Nicolás, inocente y despistado

No hizo falta que Nicolás se palpase los bolsillos: cuando cerró la puerta, supo que se había dejado las llaves, la cartera y el móvil dentro de casa. No había nadie dentro del piso, por lo que tendría que contactar con su casera, y todavía era muy temprano. Además, llegaba tarde a la facultad.
Una vez en clase, pidió a un amigo su móvil para hacer una llamada, pero la casera lo tenía apagado todavía.

-"Esperaré hasta la hora de comer" pensó Nicolás.

Ese día, las clases pasaron rápido. Nicolás era un chico alegre y optimista. Siempre veía las cosas buenas de la vida. Tenía muchos amigos (casi todos en la universidad), y se había ganado el sobrenombre de "El Niño" debido a su ingenuidad e inocencia. En resumidas cuentas, Nicolás era un veinteañero con un espiritu que se negaba a hacerse mayor.

Habló por fín con su casera y ésta le dijo que el portero del edificio guardaba una copia de las llaves. Nicolás sonrió aliviado, y continuó con las clases de después de comer.
Cuando llegó al portal de su casa, vió al portero leyendo, como siempre.

-"Hola chico, tu casera me ha avisado. ¿Aún necesitas las llaves?" dijo el portero sonriendo.
Nicolás dijo que sí cogiendo las llaves que aquel hombre bonachón le ofrecía. Le dió las gracias tanto al cogerlas, como cuando se las devolvió tras recuperar las que había dejado olvidadas en casa.
-"Si te vuelve a pasar, ya sabes que tengo una copia" dijo el portero.
-"Vale, espero que no me vuelva a pasar" contestó Nicolás.

Mientras subía de nuevo al piso, se quedó pensando:
-"¿Cómo sabía que era yo el que necesitaba las llaves? Mi casera le habrá dicho que un chico las necesitaría pero... ¿cómo me habrá reconocido? ¿Porqué guarda una copia de las llaves?" En todo esto pensaba mientras hacía la cena.

Tras ver un rato la tele mientras cenaba y leer otro tanto en la cama, llegó el momento de apagar la luz. Poco a poco los ojos se le cerraron, y soñó con cosas bonitas.
Cerca de las tres de la madrugada, el mismo ruido de siempre volvió a despertarle. Era como cuando alguien cierra una puerta con cuidado. Nicolás no le daba importancia, pues sus vecinos eran ruidosos y les echó la culpa a ellos. Bostezó y se volvió a dormir.

Unas semanas más tarde, como cada noche, cerca de las tres volvió a despertarse, solo que esta vez no escuchó ningún ruido.
-"Mmmm tengo algo de sed" pensó Nicolás. Estiró la mano y encendió la lámpara de la mesita de noche. La luz le cegó, por lo que cerró sus ojos instintivamente. Poco a poco, fue acostumbrándose a la luz y vió a un hombre en la cama, tumbado a su lado: era el Portero.
Nicolás, asustado, se cayó de la cama despertando al Portero.
-"Pero pero... ¿se puede saber que hace usted en mi cama?" dijo Nicolás mientras el corazón parecía salírsele del pecho. El Portero, incorporándose poco a poco, como si aquella no fuese consigo, se sentó al borde de la cama diciendo:

-"¿Qué sucede? Estoy aquí, como todas las noches. Aún faltan unos quince minutos antes de irme a casa del siguiente vecino" dijo mientras miraba el reloj de pared.
-"¿Cómo? ¿¡Me está diciendo que viene aquí todas las noches!?"
-"¡Pues claro! Para algo soy el portero"
-"No comprendo" dijo Nicolás mientras se incorporaba.
-"No me digas que no sabes por qué los porteros vamos a las casas de los vecinos por las noches" dijo el Portero mientras arqueaba una ceja.
Como vió que Nicolás no contestaba y que no cambiaba su cara de asombro, continuó:

-"Los porteros no solo mantenemos el edificio, sacamos la basura o vigilamos que no entren intrusos al edificio, sino que también protegemos a los habitantes de los malos sueños. ¿Porqué crees que guardamos una copia de las llaves de cada vivienda? Entramos por la noche sin molestar, y dormimos un rato al lado de cada habitante, asegurándonos de que ningún mal sueño les invade."
-"Vaya. No lo sabía" dijo Nicolás asombrado.
-"Ya me he dado cuenta. Bueno, te me has despertado, pero ya me toca irme a la siguiente casa. ¿Te sientes como si fueses a tener una pesadilla o algo?
-"Pues... no noto nada"
-"Ajá. Bueno, si esta noche tienes una pesadilla, dímelo mañana en portería".
-"De acuerdo" dijo Nicolás asintiendo.
El Portero se fue de la casa, cerrando la puerta con cuidado. Ahí tenía Nicolás la explicación de su ruido. Una vez asimilada la información de su ruido, Nicolás apagó la luz y cerró los ojos. Durmió sonriendo, y soñó con cosas bonitas.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

La Reina Negra

El Sol aún no había salido, y Abla ya lo estaba esperando. Desnuda, como cada mañana, veía amanecer desde lo más alto de su torre. Si los hombres de su reino lo hubiesen sabido, habrían envidiado al astro rey, pues Abla, además de ser quién más madrugaba, era la reina del País de la Arena, y también la más bella.

Gobernaba un reino lejano, rodeado por desiertos, y bajo un sol abrasador. Sus gentes, eran amables y siempre sonrientes, de piel oscura y ojos claros que desde lejos, parecían espejismos sobre las dunas del desierto.
Para el País de la Arena, éste era un día especial, pues era el cumpleaños de su soberana. Abla cumplía los dieciseis veranos, edad en la que era costumbre casarse. Pero a pesar de que pretendientes no le faltaban, ella no encontraba ninguno de su agrado y los rechazaba lo más amablemente posible.

-"Ya llegará" decía, "ya llegará".

Y llegó. Una noche, cuando Abla todavía no se había ido a dormir, vio a un hombre que caminaba hacia el este. Le llamó bastante la atención, pues la calle estaba desierta aquella noche. La reina, cubrió su bello cuerpo de azabache con una bata, y bajó al encuentro de aquel misterioso viajero.

-"¿Quién va?" dijo la reina con su cálida voz.
-"Soy un rey, que viaja hacia el Este. ¿Quién lo pregunta?"
-"Soy Abla, reina de la arena que estais pisando. ¿De dónde sois rey?"
-"Soy monarca de los cielos, soy el Astro Rey" dijo.
Entonces, el hombre descrubrió su rostro, revelando unos ojos brillantes, y piel tostada. Abla quedó hipnotizada por su belleza.
-"Viajo hacia el este, para poder amanecer como cada mañana" dijo mientras se cubría de nuevo su cabeza con la capucha, y se ponía de nuevo en camino.
Abla vio al viajero alejarse sin decir una sola palabra. Siempre había amado al sol, pero esta vez, se había enamorado del hombre.

Durante varias semanas, Abla bajaba por las noches en busca de su amado, sin suerte. Veía al sol cada día, y deseaba volver a verlo en forma de hombre. Un día, decidió que construiría una torre tan alta, que podría alcanzar los cielos. Mandó tal empresa a sus súbditos con tal ahínco, que a las pocas semanas, su proyecto ya estaba acabado.

Al día siguiente de la finalización de la torre, Abla se había levantado más pronto que de costumbre. Hoy iba a subir en busca del sol, en lugar de esperar a que él dejase entrar sus rayos por los ventanales.
-"Todavía faltan unas cuantas horas antes del amanecer" pensó Abla. "Mejor, así podré esperarle, y darle una sorpresa". Con todos estos pensamientos, Abla se puso en camino.

La torre se veía mágica aquella noche, de eso no había duda. La luna, que brillaba intesamente tras su escalera hacia los cielos, estaba completamente llena. Cualquiera hubiese podido pensar que estaba celosa. Abla se adentró en la torre, y comenzó a subir con excitación. Cuando llegó a lo más alto, comenzó a buscar por donde saldría el sol, pues deseaba recibirle y declararse. Sus pisadas eran gráciles sobre aquel cielo negro y, salvo algún tropezón con alguna nube despistada, no notó diferencia alguna con el suelo firme. Allá por donde caminaba, iba dejando un reguero de arena en los cielos para que cuando tuviera que volver a la torre, pudiese encontrar el camino seguido fácilmente.

El sol aún no había salido, y Abla ya lo estaba esperando. Esta vez, estaba vestida, pues no quería causarle una mala impresión. El sol salió, pero no era un hombre sino una gran bola de fuego, como el sol que aparece cada mañana. La reina, se abrasó con el calor, y quedó brillando en el cielo para siempre.
El camino de arena, también quedó allí, brillando, y los antiguos la llamaron la Vía Láctea. Si algún día madrugas y miras hacia el cielo, verás todavía a la reina del País de la Arena: los antiguos la llamaron Venus, y otros, El Lucero del Alba.

lunes, 22 de noviembre de 2010

La mente de una dragón

Sé que puedes leer lo que estoy pensando. Imagino también, que tras haber leído el título habrás adivinado que soy una dragón.

Otros como tú, seas lo que seas, han hecho lo mismo en muchas otras ocasiones. Buscan mi conocimiento, pues soy una criatura milenaria y de casi eterno saber. Espero que mis pensamientos puedan satisfacer todas tus preguntas e inquietudes.
¡Un momento! Huelo algo extraño. Algo... similar a mí. Algo.. con vida. Pero es también diferente, pues no huele a dragón. ¿Qué será? Parece físico, sin duda, no es un pensamiento, pues mi nariz nota el roce del aire al entrar. Es algo tangible, como las firmes paredes de mi cueva, los límites de mi universo terrenal.

Se mueve. Su olor es cada vez más intenso. Va creciendo la densidad de su aroma tanto, que casi puedo paladearlo. Van apareciendo nuevos matices a medida que se acerca. No noto la lisa suavidad de las escamas. Es como si lo envolviese una textura diferente, más fría. ¿Existen, otros seres físicos además de mí? Porque tú, lector,debes ser producto de mi imaginación, como el resto de mi mundo inmaterial. El olor continua incrementando y cogiendo forma, se aproxima rápidamente para su diminuto tamaño, pues no debe de medir mas de la mitad de mi garra. Se acerca desde la roca con forma de ala que hay cerca de donde dormí hace un rato. ¿Provendrá de más allá de las paredes? Eso es imposible. No existe nada más allá de ellas, y solamente el cuestionarmelo me parece inverosímil.
¡Puedo ver como la roca está siendo atravesada por algo! El olor ha tomado forma, y mis ojos la ven tal y como mi olfato la había percibido. Qué criatura tan extraña. Efectivamente tiene el tamaño de la mitad de mi garra, quizás algo más grande. Camina sobre sus patas traseras. Está envuelto en algo brillante y que parece muy sólido. Su cabeza, está al descubierto. No tiene hocico como el mío, pero tiene dos ojos, boca y una diminuta nariz al menos. Su piel es rosada, como la parte anterior de mi cuerpo.
Acabo de intentar saludarle, pero mi rugido debe de haberle asustado. ¡Agita un objeto afilado y tan brillante como su coraza, e intenta dañarme! ¿No comprende que no es mi deseo el dañarle? Corre hacia mí, ya que no posee alas y... se detiene. Está intentando comunicarse conmigo. Debe de poder leer mi mente, pues al pensar que no quiero hacerle ningún mal, ha detenido su carrera y ha comenzado a emitir sonidos a través de su boca. ¡Son palabras! Como las que soy capaz de pensar. ¿Cómo lo hará? Yo solo puedo rugir.
Dice que es un hombre. Que viene a salvar a la oráculo. Le explico que aquí solo estamos mis rocas y yo. Debo de ser a quien ha venido a buscar. Él, abre los ojos al asombrarse, como yo, y dice que imaginaba una mujer, una doncella en apuros, a un ser humano hembra. Me explica, que más allá de las paredes hay más seres humanos como él, pero que hacen el mal manteniendo presa a una oráculo. ¿Me estarán manteniendo presa a mí? Algo llamado magia, hace que mis ojos solo puedan ver roca, y que mis dedos no pasen de ella. ¿Será posible que toda mi vida haya sido una mentira? El hombre me habla de montañas y ríos. Me habla de algo azul y maravilloso, llamado cielo que lo cubre todo, como si fuera el techo de mi cueva. Oigo más ruidos. El hombre se pone en pie, y me pide que me prepare para el combate. Y entonces sucedió: las paredes se desvanecieron. Todo mi mundo cambió. Sigo viendo piedra, pero ahora veo que mi cueva, en lugar de ser esférica, es alargada, y veo una luz al final. Todo el camino está lleno de otros hombres, también con objetos punzantes en sus garras, solo que les cubre un manto blanco. Me quedo pasmada ante semejante espectáculo. Mi nuevo compañero me pide ayuda. Me grita que estos nuevos seres son los integrantes del culto que me mantenía presa.

Aspiro aire, mucho aire, y lo expulso, arrastrando un calor insufrible por mi garganta. Mis fauces, se abren, lanzando el fuego destructor que abrasa a todos estos diminutos captores. Se revuelven envueltos en llamas, y finalmente caen. Mi amigo se lanza a la captura del único que sigue en pie, apuntándole con su objeto punzante a su diminuto cuello. Veo agua brotar de sus ojos, y emite sonidos lastimeros, mientras pide piedad. Nos explica, que fuí colocada hace milenios por el Culto dentro de la cueva, cuando todavía estaba dentro de mi huevo. Utilizaban un hechizo para que yo no pudiese ver el exterior, y otro para que pudiesen leer mi mente. Así, podrían adquirir el conocimiento cósmico y universal, sin las impurezas del saber mundano. Imagínate, una mente como la mía, tan vieja como la de ningún otro ser. El sectario corrió hacia la luz. Mi amigo, se encaramó a mi grupa, y me lancé al vuelo, desplegando mis majestuosas alas, nunca antes extendidas. Pero.. tras avanzar unos pocos metros, miré hacia la luz.

Ví algo hermoso y simple que no había contemplado en mi toda mi vida: ví algo azul.